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"Brasil les debe mucho a sus ciudadanos indígenas, incluso la protección de sus fronteras -al contrario de las mentiras y los prejuicios- y la preservación de importantes recursos", afirma Marina.
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Marina Silva
Brasilia, Brasil
El pasado viernes, 36 familias de la etnia guaraní-kaiowá fueron desalojadas del área que ocupaban hace casi dos años. Fueron ubicadas en las márgenes de la carretera BR-163, cerca del municipio de Rio Brilhante, en Mato Grosso do Sul, sin agua, luz o un abrigo seguro para la lluvia. Sin espacio para vivir y sembrar, van a depender de las canastas de alimentos entregadas por la Funai (Fundación Nacional del Indio).
Infelizmente esa es la situación en la que se encuentran centenas de familias indígenas que viven en más de 20 campamentos en las márgenes de carreteras y autopistas de Mato Grosso do Sul, estado que tiene la segunda población indígena más numerosa de Brasil. Hace décadas que esas personas aguardan el derecho de posesión de sus tierras tradicionales.
La situación vivida por los guaraní-kaiowá, que tiene una población cercana a las 45.000 personas, es terrible. La falta de tierras se señala como el origen del alarmante número de casos de suicidios, homicidios y desnutrición entre ese pueblo.
Según el informe del Consejo Misionario Indigenista (Cimi) sólo en 2008 se contaron 34 suicidios. La cifra indica que hubo un aumento importante en comparación con los años anteriores. Entre 2003 y 2007, 113 guaraní-kaiowá se mataron, un promedio de 22 al año. El mismo informe señala una tasa altísima de homicidios. De los 60 asesinatos de indígenas que ocurrieron el año pasado en todo el país, 42 fueron de esa tribu.
El año pasado, en la reserva de Dourados, murieron 2 niños debido a la desnutrición, 24 fueron internados con desnutrición severa y otros 200 con desnutrición moderada. Allí se encuentra la concentración de indígenas más grande del país. Son aproximadamente 13 mil personas provenientes de tres etnias diferentes: los guaraní-kaiowá, los guaraní-nhandeva y los terena, que ocupan un área de 3.600 hectáreas.
Cuando los europeos llegaron a esta tierra, los pueblos nativos representaban una población de más de cinco millones de personas. Hoy están reducidos a, aproximadamente, 730.000. Como cualquier estudiante sabe, Brasil les debe mucho a sus ciudadanos indígenas, incluso la protección de sus fronteras -al contrario de las mentiras de ocasión y de los prejuicios que se propagan- y la preservación de importantes recursos naturales. Además de haberse favorecido de la sabiduría y los conocimientos tradicionales indígenas a lo largo de toda su historia.
No es posible que en pleno siglo XXI, los indios sigan siendo obligados a relacionarse con el mundo de los blancos en condición de inferioridad desde el punto de vista cultural, social y económico y, no en pocas ocasiones, como algo molesto.
No hay más espacio para que pueblos tradicionales sean vistos con la mirada arrogante del colonizador que decide por ellos lo que debe y lo que no debe hacerse con respecto a sus intereses y costumbres. No se puede tolerar más que su cultura milenaria y sus derechos civiles y humanos sean menospreciados por la ganancia, en nombre de argumentos que no resisten a un análisis bien informado y honesto.
Los guaraní-kaiowá fueron los pueblos indígenas más perjudicados, gracias a la rapidez y violencia con las que se arrebataron sus tierras. Su resistencia es conmovedora, pero su lucha no puede ser considerada un problema que los involucra sólo a ellos. Es nuestro. Los derechos de los indígenas también son nuestros derechos. Lo que les ocurre a ellos nos afecta, nos degrada, denuncia la fragilidad de nuestros proyectos de ser una potencia mundial.
Es necesario que los ciudadanos de todas las regiones de Brasil presionen y manifiesten su indignación. Y que la Justicia, el Ministerio Público, los gobiernos estatales, municipales y federal, junto a la Funai, a los propios indios y otras instituciones representativas, se empeñen más en la búsqueda por una solución definitiva.
Pues, evidentemente, lo que se hizo hasta ahora no fue suficiente y tampoco llevó en consideración el hecho de que los indios no tienen más tiempo para esperar por algo que parece que nunca llega: justicia. O sea, acceso a los recursos naturales, a la preservación de su cultura, además de derechos básicos a la salud, educación y seguridad. Una vida digna.
Al final, ningún país puede considerarse desarrollado si no respeta las poblaciones tradicionales y no adopta una actitud de protección hacia los más vulnerables. Eso es parte indisociable del verdadero desarrollo.
Terra Magazine