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Reuters
La condición de gay, negro o protestante de un candidato, es decir atributos de su identidad personal, pueden llegar a acarrearle más votos que sus propuestas, dice Barreiro.
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Jorge Barreiro
Montevideo, Uruguay
Durante los últimos meses la dinámica política en Uruguay giró en buena medida en torno a la reelección del presidente Tabaré Vázquez, como si en ello le fuera la vida al gobierno, al Frente Amplio y a la propia oposición. El primero y una parte del segundo están convencidos de que la posibilidad de que la izquierda vuelva a ganar las elecciones el año que viene depende de que Vázquez sea nuevamente el candidato. Y casi convencida de lo mismo, la oposición le exige al presidente que se pronuncie acerca de si se postulará o no para un segundo mandato.
El detalle es que la Constitución uruguaya no contempla la reelección del presidente, de modo que la misma debería ser reformada antes de las elecciones para levantar esa prohibición. Consciente de que los votantes ya no eligen programas o políticas, sino figuras, el presidente ha sabido manejar su alta popularidad y mantener una discreta ambigüedad. En privado les dice a sus colaboradores que ya ha dicho más de una vez que no intentará reformar la Constitución para postularse a la reelección, pero no sale a la palestra pública a desautorizar a quienes recogen firmas para convocar a un referéndum para modificar la carta magna.
Los colaboradores del presidente también están imbuidos de la creencia de que la figura de Tabaré Vázquez es la carta de triunfo del Frente Amplio, con lo que de paso muestran cierto desprecio por la inteligencia de los ciudadanos y una enorme desconfianza en sus propuestas y en los resultados de la gestión de gobierno.
La convicción de que la política se reduce a elegir a la persona adecuada -no a las ideas o a las políticas adecuadas- es parte esencial del imaginario de los ciudadanos contemporáneos. Que el "argumento" central de los partidarios de la reelección de Tabaré Vázquez haya sido la necesidad de prolongar "su" mandato, no el del Frente Amplio, habla a las claras de la desmesurada importancia que en nuestros días se le atribuye a las personalidades políticas.
Es sintomático que un importantísimo sector de la izquierda apueste más al carisma, el talento, la capacidad de seducción o la honestidad de un candidato que a sus proyectos o a las políticas que aplicó durante casi cuatro años en el gobierno. No es del caso ahora discutir si esa apuesta es razonable a la hora de hacer cálculos electorales (a la vista de la sensibilidad anti-política imperante, probablemente lo sea), sino que trato de llamar la atención sobre el fenómeno mismo de la personificación de la política, de comprender sus raíces y, sobre todo, señalar las devastadoras consecuencias que puede tener (que ya está teniendo) sobre la política entendida como espacio público de deliberación y toma de decisiones.
Hoy el espacio público no es un ámbito en el que se exponen argumentos que sustenten propuestas para resolver los problemas o para dirimir los conflictos de la sociedad -mucho menos idearios sobre la mejor forma de extender la libertad humana y la justicia social -, sino uno en el que se eligen hombres y mujeres que suscitan confianza o resquemor, caracteres más o menos optimistas, rostros que transmiten seguridad o incertidumbre, biografías con las que nos identificamos o que aborrecemos.
No deja de haber algo paradójico, y sin embargo comprensible, creo yo, en esta reducción de la política a una mera elección de personas para que se hagan cargo de los asuntos políticos. La política ya no suscita esperanzas, tal vez porque de una manera intuitiva los ciudadanos saben que no es mucho lo que pueden aguardar de ella, que los políticos no pueden terminar con las incertidumbres ni curarnos las angustias propias de un mundo que nos condena a la libertad de arreglárnoslas por nuestra cuenta.
Los ciudadanos sospechan que el curso de los acontecimientos (incluida su propia peripecia existencial) depende de factores económicos que no son controlables por los políticos y que el margen de maniobra del que éstos disponen es más bien estrecho, motivo por el cual todos empiezan a parecerse, más allá de matices retóricos. Por eso el ciudadano se retira, escéptico, a su parcela privada con el fin de prepararse para un combate con sus semejantes que se dirimirá, siempre provisoria y revocablemente, en el mercado. Frente a la política se comporta como el consumidor frente al mercado: lo único que espera es maximizar las ventajas individuales que pueda extraer de ese ámbito. Por tanto, se limita a elegir entre las mejores ofertas disponibles. Para unos pocos se trata de elegir entre las ofertas de discursos; para la mayoría, de las ofertas de personas.
Recordemos de paso que los que se limitan a elegir propuestas pueden considerarse acaso algo más sofisticados que esa mayoría que se limita a elegir personas, pero no por eso se alejan de la figura del consumidor, que escoge entre lo-que-se-le-ofrece. Ninguno de los dos parece asumir que los asuntos de la polis nos conciernen a todos, por tanto a cada uno de nosotros, que la libertad de elegir los caminos de la autorrealización individual depende de que esa libertad también le sea garantizada a todos los demás, que lo que ocurra en la esfera política depende en parte de la disposición a involucrarnos en la deliberación acerca de la "buena sociedad".
Cuando ello no ocurre, la lógica mercantil, el más elemental cálculo de costos y beneficios, concluye que lo más eficaz es elegir a la persona adecuada para el cargo de gestor de los incordios que supone la vida en común. Para eso habrá que pagarle y, en su momento, pedirle que rinda cuentas. Conforme a esa racionalidad, a la hora de establecer ese contrato tácito entre los ciudadanos y el político, los primeros se esmeran en elegir al más confiable, como haría cualquier junta de accionistas a la hora de elegir al presidente de la compañía. Y la honestidad será el primer criterio a tener en cuenta a la hora de hacer esa elección. No en vano una de las formas que asumió la despolitización ciudadana es la instalación de la corrupción en el centro de las preocupaciones. No importa la pertinencia de lo que diga o proponga el candidato, sino que no robe ni incurra en actos de corrupción.
No se me escapa que individuos con otras disposiciones cívicas -por ejemplo, que no se limiten a elegir, sino que examinen, cuestionen y negocien el espectro de posibilidades que se le ofrecen- no crecen espontáneamente como las plantas en el trópico. Librado al movimiento espontáneo de la sociedad seguirá atado a la figura del consumidor.
En el fondo, lo que hay detrás de este fenómeno es una profunda alteración de la relación entre lo público y lo privado. Ese cambio se expresa, por un lado, en que tanto las celebridades (y aquí incluyo a los líderes políticos) como el ciudadano de a pie exponen sus intimidades al escrutinio público, y, por otro, en la politización de asuntos que atañen a la propia identidad y que antes estaban acotados al ámbito privado, como la condición sexual, "la identidad" personal o las convicciones religiosas.
La condición de gay, negro o protestante de un candidato, es decir atributos de su identidad personal, pueden llegar a acarrearle más votos que la más justa, razonable y practicable de sus propuestas políticas... motivo por el cual tal vez los políticos han empezado a despreocuparse de estas últimas. Interpelada sobre las lágrimas que derramó después de una derrota en las primarias de Estados Unidos, Hillary Clinton respondió que no le disgustaba que los ciudadanos conocieran cómo es íntimamente, "como ser humano". La emoción es hoy una de las principales herramientas de las que se sirven los políticos para cautivar al votante.
Hay una especie de explosión de lo privado, de lo personal, como si careciéramos de aspiraciones o preocupaciones comunes con las que los individuos pudieran identificarse. Apenas un síntoma: la religión, un asunto que a medida que se asentaban los valores democráticos modernos parecía encaminado a confinarse al ámbito privado, invade a la política en buena parte del mundo.
A la personalización de la política también ha contribuido la mediatización de la vida social. Las ideas son demasiado abstractas e intangibles como para servir de materia prima de ese espacio público privilegiado en el que se han convertido los medios de comunicación. Los grandes medios se basan principalmente en imágenes y las ideas no se dejan reducir a imágenes... por más que algunos (los que piden 'redondear' las ideas, por ejemplo) supongan lo contrario. Para obtener imágenes hay que tener objetos o personas de carne y hueso. La propia complejidad de lo político y el hecho de que los medios giren en torno a las imágenes han aumentado la demanda de simplificación de la política, que ha terminado traduciéndose en su personificación. Los medios piden a gritos "historias humanas", como la del tornero brasileño que llegó a la presidencia, la de los ex guerrilleros uruguayos que llegaron al Parlamento o la del primer hijo de africano que accede al poder en Estados Unidos.
No sé si la decadencia de los partidos como organizaciones que vehiculan ideas, proyectos institucionales y programas económicos y sociales está antes o después de la personalización de la política, pero es evidente que la acompaña como a su propia sombra. Hay quienes no se cansan de repetir que izquierda y derecha son nociones perimidas, pero no nos explican qué será entonces de los partidos políticos, para qué habríamos de necesitarlos. Aún no lo dicen, pero la sugerencia implícita es que bien podríamos convertirlos en clubes a los que pueden concurrir todos los que quieran apuntarse, ya que la laxitud de ideas y proyectos será su principal característica. Luego, los atributos personales del líder, el principal "activo político" de un partido, se encargará de realizar una síntesis en apariencia imposible.
Pero los partidos no son (o no deberían ser) resumideros de la sensibilidad popular. En los partidos no caben todos (la etimología de la palabra remite justamente a parte en oposición al todo), porque no son una feria en la que se exponen todas las voces de la sociedad, sino que, se supone, dotan de coherencia a los diferentes puntos de vista. A pesar de que los miembros de un partido no están obligados a compartir una concepción del mundo, al menos están abocados a compartir un ideario y unas propuestas políticas e institucionales que nos acerquen a él.
Es razonable dudar de la capacidad de esos idearios y propuestas de salir indemnes del paso del tiempo y, por tanto, de reconocer la necesidad de inspirarse también en tradiciones políticas ajenas a la propia, pero cuando los partidos terminan en una piñata donde hay recuerdos para todos, tenemos asegurada su inoperancia y esterilidad, porque no hay soluciones neutras a los problemas, que sean mejores con independencia del punto de vista del que se parte. Las soluciones son mejores o peores según un cierto ideario. No estamos ante problemas técnicos o instrumentales, sino políticos. (¿Se encarará de la misma forma el problema de la pobreza, por ejemplo, cuando se piensa que todos los hombres tienen derecho a la autorrealización personal y que para ello deben gozar de las mismas libertades positivas que cuando se cree que la desigualdad es algo consustancial a la condición humana?)
Ciertamente los partidos políticos no han desaparecido en la era de la personalización de la política, pero se encaminan a convertirse en una comisión de fomento de la imagen del líder máximo. Tal vez por eso Oscar Wilde llegó a decir que los partidos son esos lugares donde ya no se habla de política.
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