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Bachellet acaba de alcanzar un nuevo récord de aprobación en la opinión pública de su país: El 74%, en plena crisis de la economía mundial y a menos de cinco meses de las elecciones para su sucesión.
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Vitor Hugo Soares
Salvador, Bahía
Hace años se escucha en toda Santiago la narrativa interesante sobre la presidenta de Chile, Michelle Bachelet, que les voy a contar. Es un caso sobre la manera de ser propia, hacer política y administrar de la líder de la coalición chilena en el poder, que pasó por Sao Paulo esta semana. Por donde estuvo -en el encuentro con el presidente Lula y empresarios, en la charla con la ministra Dilma Rousseff y en el almuerzo con el gobernador del estado, José Serra-, Bachelet parecía flotar sobre nubes de algodón de azúcar. A final, ella acaba de alcanzar un nuevo récord de aprobación de su gestión en la opinión pública de su país: El 74%, en plena crisis de la economía mundial y a menos de cinco meses de las elecciones presidenciales para su sucesión.
El índice de aprobación de la "madre de Chile" -como le dicen a Bachelet- es envidiable bajo cualquier punto de vista: económico, político o personal. Esto fue señalado esta semana tanto por la "madre del PAC" de Brasil (Rousseff), como por el gobernador de Sao Paulo. Sólo se compara con casos rarísimos de gobernantes del continente, o incluso de América vista como un todo. Números recientes en los Estados Unidos muestran, por ejemplo, que Barack Obama patina ya alrededor del 50%, después de haber ostentado índices personales de aprobación superiores al 70% en la llegada a la Casa Blanca.
Bachelet prácticamente sólo encuentra paralelo en términos de popularidad en el compañero brasileño Luiz Inácio Lula da Silva -"el sabio", según Obama-, cuya guerra sucesoria -a pesar de los primero tiros ya disparados- todavía está a un año y medio de distancia, mientras los obstáculos se multiplican allá adelanta, dos de ellos con nombres propios: José Sarney, presidente del Senado, y la voluntariosa ministra jefa de la Casa Civil, Dilma Rousseff, ungida por él para disputar su sucesión en 2010. Dilma se sentó humildemente en una silla para recibir, esta semana, consejos de la "madre de Chile".
Michelle Bachelet no contó con la cobertura periodística ni con el análisis de su paso por aquí, como merecía por su relevancia actual en el contexto político continental. Es muy probable que sea diferente en Buenos Aires, próximo aterrizaje de su viaje. En la espléndida capital porteña, la chilena intentará "apoyar" a la carente peronista Cristina Kirchner, vapuleada por las recientes derrotas administrativas y electorales sufridas en Argentina, que resultaron en más problemas políticos para la imagen de la dirigente de la Cuenca del Río de la Plata que el virus H1N1.
Pero vamos al caso referido en el comienzo de estas líneas, antes que acabe el espacio:
La historia circula desde antes que Bachelet llegara al Palacio La Moneda, pero sigue emblemática en la explicación de la capacidad de reacción y enfrentamiento de dificultades demostradas por la simpática y firme líder latinoamericana. Es del tiempo del gobierno de Eduardo Frei, cuando parecía un hecho para la política chilena el concepto vigente de que el poder siempre es masculino, y ella fue convocada a asumir como ministra de Defensa en el gobierno socialista. La primera reunión de Bachelet con los altos mandos militares empezó con la siguiente y sorprendente declaración a los prudentes y desconfiados hombres de uniforme alrededor de la mesa: "Soy socialista, agnóstica, separada y mujer... pero trabajaremos juntos".
Desde entonces Chile nunca más fue el mismo y Bachelet llegó a la presidencia. El bello país andino de nivel político, educacional y cultural alto, pero de costumbres y hábitos machistas y conservadores, se estremeció, es verdad. La popularidad de la dirigente enseguida llegó a menos de 40 puntos porcentuales, pero ella no perdió -en nombre de la gobernabilidad u otro desvergonzado argumento cualquiera- el rumbo en los principios y en las acciones.
El periodista y analista Paul Walder dice, sobre Bachelet, que la evaluación de su desempeño se puede hacer de muchas y diversas maneras, pero en la política moderna, ante el espectador, hay sólo una que vale: "la opinión pública modelada por los medios de comunicación". De esa forma, desde el ministerio de Defensa, Michele Bachelet logró realizar un trabajo digno y eficiente. Pero, el mayor valor, según el analista, fue haberlo hecho bien, a pesar de su condición de mujer. "Sin perder sus atributos originales", registró Walder.
Ahora, a menos de cinco meses de dejar el poder, en plena campaña de elección sucesoria en su país, surge fortalecida como una guerrera de los Andes, pero su triunfo no fue obtenido con armas, ni conspiraciones, ni chantajes -políticos o emocionales. Michele Bachelet brilla fulgurante como una mujer gobernante capaz y decidida, que jamás ocultó en la simplicidad del comportamiento, su amable corazón de mujer.
Si se aprendió esta lección, valió la rápida estadía de la guerrera chilena entre nosotros.
Terra Magazine