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Reproducción
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Gabriela Wiener
Barcelona, España
Crónica del libro Sexografías, de Gabriela Wiener
En este mismo momento, en las entrañas de una desconocida, crece un hijo mío. Debo buscar otra manera de llamarlo. Técnicamente no es mi hijo, aunque lleve toda mi información genética. Durante el tiempo que duró la donación los doctores lo llamaron Ovocito, hasta que me lo extrajeron. No supe nada más sobre Ovocito, solo que se transformó en embrión después de mezclarse en un tubo de ensayo con el semen de un hombre con el que nunca me acostaré y que es el marido (o no) de esa mujer desconocida. Al final fue instalado en ella, donde debe estar cómodo, caliente y comiendo lo mismo que su mamá.
Acudí a una de esas clínicas privadas de reproducción asistida en Barcelona para ofrecerme como donante hace aproximadamente medio año, gracias a la información que me dieron las chicas que entrevisté para un reportaje sobre la donación de óvulos. Todas eran latinoamericanas como yo y no alcanzaban la treintena. Habían venido a España a estudiar y hacían trabajos eventuales como camareras, encuestadoras, repartidoras de flyers, etcétera. La mayoría se había enterado por los carteles ¿que las propias clínicas ponen en las universidades para captar mujeres en edades fértiles y con cierto nivel cultural¿, atraídas por la interesante suma de 900 euros que se paga a cambio de darle a alguien la posibilidad de ser madre. Al final decidí someterme yo misma al proceso de donación y fui como cualquier aspirante una mañana de verano hasta aquel próspero barrio en la zona alta de la ciudad.
Apenas me vio, y no sin antes extenderme la mano, la amable doctora soltó rápidamente un «no quiero hacerte perder el tiempo». Sus palabras textuales fueron: «No tenemos demanda de óvulos exóticos. Las parejas buscan óvulos de chicas que se les parezcan. Quieren evitar habladurías, imagínate que después les sale un niño con esos ojos, con tu cabello negro. La gente podría decir que es el hijo del librero de la esquina y no del marido. Tienen derecho a su privacidad. Sino, adoptarían un vietnamita». Noté que había hecho un gran esfuerzo para decir librero en lugar de verdulero, o algo así. Me dio un ataque de risa.
La gran mayoría de las clientas de esta clase de clínicas son europeas caucásicas: muchas son españolas, pero también vienen masivamente de países como Dinamarca, Suiza, Alemania y Noruega, donde se les niega la reproducción asistida. La doctora me miró como si vendiera enciclopedias, dijo «te llamaremos» y se dispuso a anotar mis datos en una ficha que también consignaba a su técnica manera mis caracteres étnicos: «rasgos amerindios». Su explicación me pareció lógica y humana, aunque no pude evitar pensar que mi futura descendencia había sido discriminada antes incluso de haber nacido. Días después volvería a intentarlo, aunque las historias de mis colegas de temeridad volvieran una y otra vez para prevenirme.
Lo intenté de nuevo y fui aceptada. Esta vez llegué a las puertas de la clínica Dexeus. Un día, comprando en el supermercado, escuché en la radio la publicidad que invitaba alegremente a convertirte en donante. En la sala de espera leo el folleto informativo: «La ley de reproducción asistida determina que la donación debe ser gratuita». Apenas hace diez años que se incluyó la figura de la «compensación económica», la cara políticamente correcta de la venta de óvulos que ha abierto la brecha para las cientos de mujeres con problemas de fertilidad que yacen en una lista de espera de casi un año y que pagan unos nueve mil euros por tratamiento. Desde ese instante, las clínicas se lanzaron a promocionar la donación de ovocitos a diestro y siniestro, a través de carteles y programas de radio.
¿Quiénes son ellas?, me pregunto, mirando a mi alrededor. Más allá de sus ovarios disfuncionales o inexistentes, las Receptoras son mujeres que leen el Hola despreocupadamente como yo. Están acompañadas de un hombre o de otra mujer, algunas son jóvenes, otras bastante mayores. Pueden ser casadas o solteras que quieren ser madres, heterosexuales o lesbianas que vienen desde toda Europa y gracias a las cuales ya se habla del «boom del turismo reproductivo» en España.
Su problemática es ampliamente tratada y comprendida por la opinión pública.
¿Quiénes somos nosotras? Nosotras somos las Donantes, chicas sanas menores de 35 años, a las que la naturaleza nos regaló ovarios en buen estado. Nuestras historias no se publican en los periódicos y quizá no resulten ni tan dramáticas ni tan interesantes. Soy una ficha en el catálogo, un color de pelo, un peso, una talla, un grupo sanguíneo, una foto carné.
Soy como Tatiana, la chica brasileña sentada frente a mí que carga a su bebé de seis meses. Llegó hace un año a estudiar y trabajar en Barcelona, pero ahora por el bebé solo puede trabajar su esposo. El dinero extra de la donación les vendría muy bien: «No sé si me aceptarán, todavía me faltan un montón de pruebas. Es un proceso largo». Me preocupa su cara de angustia. Yo tendré que pasar por eso.
No hay estadísticas, pero los médicos especializados en reproducción asistida calculan que, por lo menos, un 15 por ciento de las donantes son latinoamericanas, aunque por los testimonios sospecho que no me dicen la verdad y podrían llegar al doble. Según la doctora Montse Boada de Dexeus, ni la nacionalidad ni la raza son motivos de exclusión, «pero es verdad que no todas las receptoras aceptan a ciertas donantes. Nosotros tenemos que informarles. Es una realidad, no estamos en una sociedad multirracial». Según el doctor Ricardo Coroleu, hay otras mujeres que estarán encantadas de recibir un óvulo latinoamericano como el mío.
Receptoras y donantes compartimos la misma sala, nos miramos, nos olemos, nos necesitamos, aunque no nos conocemos. Según la ley de este país, el proceso es absolutamente anónimo: ellas no pueden saber quiénes somos y viceversa. En esta misma sala, y sin que yo lo sepa, puede estar la mujer que tendrá a Ovocito.
Hoy me darán los resultados de las pruebas. Han transcurrido dos meses desde la primera cita. He pasado por la ginecóloga, la bióloga, la psicóloga, me han pinchado mil veces en el laboratorio para descartarme Sida, hepatitis y hacerme un cariotipo genético, he rellenado un test psicológico infinito para detectar patologías psiquiátricas, me han hecho firmar un compromiso por el cual renuncio a un hipotético y demencial intento de reclamar alguna clase de maternidad, entre otras cosas. Ahora estoy aquí, mis nervios se disipan, estoy sana y limpia. No me lo puedo creer. A partir de aquí, la bióloga, una joven de gafas y cabello corto, me supervisará en el tratamiento hormonal. También empieza en este instante la búsqueda de la receptora, que aparece en algunas semanas. ¿Qué pensamientos tendrá esa mujer respecto a mí? Me divierto pensando que ella me ve como la gallinita de los huevos de oro. La extracción de óvulos se ha previsto para mediados de diciembre, dentro de un mes. La bióloga ha preparado un cuidadoso programa de estimulación ovárica teniendo en cuenta mi ciclo menstrual, que está sincronizado con el ciclo de la receptora. En los días previos a la donación no puedo tomar anticonceptivos y debo ser sumamente cuidadosa con las relaciones sexuales, so riesgo de quedarme embarazada de trillizos. Para colmo estoy con un humor de perros y lloro. Ya me habían advertido que sentiría esta sobredosis de hormonas como si tuviera cinco menstruaciones al mismo tiempo.
Cada mañana salgo muy temprano de casa y tomo el ferrocarril hacia la clínica. Allí, una maciza enfermera me clava con cara de rutina la inyección intramuscular para estimular la hormona estradiol, que produce los óvulos. Tengo el poto perforado y la dignidad por los suelos. Al día siguiente me extraen sangre para ver mis niveles de hormonas y efectuarme un control ecográfico. «Todavía son muy pequeños», dice con gesto de desagrado la ecógrafa. Cuando me deja sola aprovecho para echar un vistazo a la pantalla negra.
Ahí está ese gran planeta aureoleado que observo con cara de astronauta primeriza. La Tierra se ve hermosa desde aquí fuera. Por un momento me pierdo en ese círculo de reminiscencias cósmicas. Cada uno parece una gota de agua negra inmóvil, un charco casi zen. Son los dichosos ovocitos de los 900 euros que el personal médico se esfuerza por engordar como cerdos de granja.
Estoy cansada de hacer este mismo recorrido todos los días para sufrir. Al décimo día, el ginecólogo da su veredicto: «Están de fábula». Son diez ovocitos maduros y regordetes de 20 milímetros cada uno, casi del tamaño de una cereza, listos para la mudanza. Por eso me encuentro inflada y camino con dificultad. La noche anterior a la operación, J me hace dormir. Sueño que tengo un hijo con él, pero cuando me lo trae la enfermera veo que no es un bebé sino un huevo sonriente.
Hasta ahora no he dicho en qué gastaré el dinero:
Pagaré la última cuota de mi Máster en Comunicación Cultural. Soy el prototipo de donante latinoamericana aplicada. Hoy, cuando salga del quirófano, me entregarán el cheque que a estas alturas ya me parece muy poco dinero por todo el sacrificio.
Me siento la persona más altruista de la Tierra.
Mientras, ocupo la habitación 11 en la planta baja con vista a la calle. Aprovecho la espera para husmear en el pasadizo, por si encuentro a la Receptora. Ese mismo día, la pareja que paga por Ovocito ha ido a consulta. Cuando yo salga del quirófano, la doctora les dirá cuántos ovocitos hay disponibles. El marido entrará al baño con una revista y dejará una muestra de su simiente para la inseminación in vitro. Esa misma madrugada, cuando cante el gallo, Ovocito habrá sido fecundado en un frío y oscuro laboratorio. Pero por la mañana saldrá el sol para esta pareja. Al segundo o tercer día, el embrión ya estará maduro para ser transferido a la Receptora. En las inmediaciones de mi habitación no veo a nadie parecido a ella. En cambio, veo regresar del quirófano a otra donante en camilla. Es declaradamente latinoamericana y duerme. Se ve pálida.
Qué miedo.
¿Qué me harán? Una punción folicular. Eso quiere decir que irán extrayendo los ovocitos con una aguja por vía vaginal mientras la doctora sigue las incidencias en directo desde su pantalla ecográfica. Para tal fin, me dormirán como un tronco. Separarán cerca de diez ovocitos, usarán la mitad y el resto lo congelarán en estado embrionario. La intervención dura alrededor de treinta minutos. Ya es la hora. Un sujeto viene para llevarme en camilla hasta la sala de operaciones. Una mujer vestida de verde me pone un gorro, otra me abre las piernas, la tercera me inserta la aguja del suero en la mano. La anestesista cumple su cometido y el mundo desaparece.
Al despertar veo a otra mujer a mi lado, es una chica a la que acaban de practicar un aborto. Vuelvo a dormirme. En mi nuevo despertar, está el rostro preocupado de J y un vaso de zumo de naranja.
Me sentí muy incómoda los días siguientes, y con la sensación de haber ido contra mi cuerpo, de haber forzado su naturaleza. Pero sí que pasa, todo queda atrás, como prometen los médicos. Hoy, tanto yo como mis ovarios hemos vuelto a la normalidad. Leo en un diario que desde el 2005 rige en Inglaterra una ley por la cual los donantes pierden su derecho al anonimato. Dentro de unos años los hijos de estos donantes tendrán derecho a conocer quiénes son sus padres biológicos una vez alcanzada la mayoría de edad. Me pregunto si estaría preparada para abrir la puerta dentro de dieciocho años y encontrarme a un Ovocito vestido con jeans y polo y con la barba crecida de los jóvenes cuando son hermosos. O a Ovocito como una chica de pelo negro y brillante que me mire con mi misma curiosidad.
Entonces me pongo triste y pienso que es posible que el plan para Ovocito haya fracasado, que no haya sobrevivido al viaje. O que mi esfuerzo sí diera frutos y cierta pareja esté esperando un niño de rasgos amerindios, o que sea ahora mismo un embrión congelado para investigaciones relacionadas con la clonación que salvará a la humanidad. Yo prefiero imaginarlo como un cuerpo pequeño que viaja hacia la luz.
Ovocito, que duermas bien.
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