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The New York Times
Christopher Hitchens
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Christopher Hitchens
De The New York Times
La sumisión de la Yale University Press ante las amenazas que siquiera fueron proferidas es el más reciente y tal vez más lamentable incidente en la tendencia de vasallaje al extremismo religioso-especialmente a musulmanes- que se han esparcido por nuestra cultura.
Un libro llamado The Cartoons That Shook the World (Las Caricaturas Que Abalaron el Mundo), de Jytte Klausen, profesor dinamarqués de política de la Universidad Brandeis, narra la campaña ofensiva y premeditada de "protesta" y boicot, orquestada en 2005 después que el periódico dinamarqués Jyllands-Posten promovió una competición que elegiría la mejor caricatura con el profeta Mahoma. (La competición ya era, en la época, una forma de punir al editorial de aquel país que se negó a publicar un libro infantil sobre la vida de Mahoma por juzgarlo ofensivo). Cuando la histeria colectiva fue apaciguada por sus provocadores, casi 200 personas ya habían sido estúpidamente asesinadas en todo el mundo.
La Yale University Press anunció, la semana pasada, que publicaría The Cartoons That Shook the World, pero también que retiraría las 12 caricaturas que originaron la controversia. No contento con eso, el editor también retiró otras ilustraciones históricas que se referían al profeta, incluyendo una de Gustave Dore, del paso del Infierno de Dante que muestra a Mahoma siendo destripado en el infierno. (Los mismos escenarios dantescos también fueron retratados por William Blake, Sandro Botticelli, Salvador Dalí y Auguste Rodin y permitir ese tipo de censura artística puede establecer un precedente peligroso).
La intención original de limitarles la representación de Mahoma a los musulmanes (y los fatwas islámicos, es bueno recordar, pierde la fuerza cuando se aplica a personas que no son de la religión) parecía una forma admirable de impedir la idolatría. El miedo era que las personas pudieran pasar a idolatrar al hombre y no al dios del que él sería el mensajero. Es por eso que parece un tanto grosero referirse a los musulmanes como siendo "Muhamadianos".
Asimismo, el arte islámica, especialmente en Irán, contiene innumerables ejemplos de pinturas del profeta -aunque el ejemplo de Dante sea un tanto perturbador, con la descripción del sadismo cristiano y el sectarismo- y nunca se tuvo noticia de una protesta musulmana contra su representación gráfica en el arte occidental.
En el caso de que eso cambie algún día, lo que parece la posibilidad más plausible, significa que Yale acaba de dar el argumento necesario para que los directores de las galerías de arte justifiquen la retirada sumaria de las obras de sus paredes. De acuerdo con la lógica de Yale, mostrar ciertas imágenes puede suscitar la violencia, y además de eso, los culpables por esa violencia serían aquellos que permitieron la exposición de esas imágenes.
Por ejemplo: La edición del 13 de agosto del New York Times tenía un artículo sobre lo sucedido en Yale, con una declaración de su director, John Donatich, diciendo que él normalmente "siquiera hesitaba" en publicar obras controvertidas, pero "cuando eso significaba tener sangre en las manos, no podría permitirlo".
Donatich es mi amigo y ya fue mi editor, entonces le escribí preguntándole cómo podría pensar, en el caso de que alguien explotara una libraría en protesta al libro de Klausen, que la sangre estaría en la mano de los editores y no del terrorista. Su respuesta vino en la forma de una declaración oficial del departamento de relaciones públicas de los editores. Informaba que el editor había consultado una serie de especialistas antes de tomar la decisión y que "todos confirmaron que la publicación de las caricaturas por Yale University Press correría serios riesgos de instigar la violencia".
Lo que nos revela otra cosa lamentable: Ni los "especialistas de la inteligencia, de la seguridad nacional, de las fuerzas armadas y ni los diplomáticos, además de los estudiosos del islamismo y de medio oriente", supuestamente consultados, ni los voceros de una de nuestras más prestigiadas universidades parecen comprender el significado corriente y popular de la palabra "instigar". Si usted instiga algo, significa que usted desea y planifica que algo suceda. Si usted instiga un tumulto, significa que está promoviendo la confusión. Si usted instiga un asesinato, significa que también lo planificó.
Ningún diccionario presenta otro sentido para la palabra, excepto su sinónimo "provocar", que sugiere un acto pasivo. Al final de cuentas, hay quien diga que las mujeres que no estén usando sus velos "provocan" a los que las violan y golpean, y ahora Yale parece haber adoptado la misma "lógica".
Ya fue suficientemente retrógrado que en la época de la polémica original los noticieros se hayan negado a mostrar los dibujos por puro miedo a las puniciones, justamente en la "era de la imagen", pero ahora la cosa tomó dimensiones más serias todavía. Hoy podemos decir que esa violencia que todos tememos es culpa nuestra, o es nuestra responsabilidad directa. Es el peor tipo de masoquismo, que incluye la inversión del significado real de nuestro lenguaje, además de la subversión de nuestro concepto de responsabilidad moral.
Durante la polémica de 2005, indiqué un enlace para ver los dibujos vía internet en el sitio web HumanEvents.com, para que el lector sacara sus propias conclusiones sobre ellas. Ofrezco el mismo enlace hoy en el sitio web Slate.com. No pasó nada la otra vez, pero nunca se sabe si esta vez un teócrata homicida no se ofenderá. En ese caso, negaría totalmente haberle instigado eso, y ya anticipo que sería él el único y absoluto responsable por la sangre derramada.
Él pasa a estar bajo la responsabilidad de nuestra policía y de los organismos de la seguridad nacional, que actúan en defensa de la constitución, conquistada también con mucha sangre derramada, nuestra y de los demás. La Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos prohíbe cualquier represión de la libertad de prensa. Es vergonzoso que la universidad del héroe Nathan Hale haya izado la bandera blanca, y después tomado para sí la culpa por la violencia potencial de asesinos y tiranos.
Terra Magazine