Hugo Muleiro
Buenos Aires, Argentina
El gobierno y los diplomáticos argentinos tienen la necesidad de que este viernes 28 de agosto, pasado el mediodía en horario de ese país, los presidentes de Suramérica estén en condiciones de aceptar tomarse la "foto de familia" en la terraza coqueta del hotel Llao-Llao de San Carlos de Bariloche, con el marco de Los Andes y sus picos nevados. Son los organizadores de la cumbre de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) y, por donde se mire, un final ruidoso y plagado de desavenencias no es el resultado que nadie que asuma tamaña responsabilidad pueda desear.
Pero esta familia de presidentes viene de una larga cadena de discusiones y disputas, y las pretensiones de unos y otros para esta reunión extraordinaria hacen imposible desestimar el riesgo alto de un final en el que apenas pueda hablarse de un avance parcial.
Con toda suerte, y siempre que los actores principales estén dispuestos a hacer concesiones significativas, lo mejor que podrá pasar en la reunión de Bariloche es que el presidente colombiano, Alvaro Uribe, haga alguna promesa general de que no habrá acciones en terceros países mediante los militares norteamericanos que se estacionarán en siete bases de su país. Que eso sea aceptado por todos los presentes, y que luego el tema quede para nuevas discusiones del Consejo de Defensa Suramericano, que forma parte de la Unasur, es casi todo lo que se puede esperar.
El rechazo terminante de Bolivia, Ecuador y Venezuela a la presencia militar estadounidense es muy conocido, y lo único que falta ver en la cumbre es en qué tono lo expresarán sus presidentes, si serán enérgicos y terminantes como vienen siéndolo, o si aceptarán el pedido hecho el 10 de agosto en Quito por la hoy presidenta anfitriona, de evitar palabras fuertes y calificativos que caldeen los ánimos.
Con unas u otras palabras, también la presidenta Fernández se opone al proyecto, y le dijo a Uribe cuando estuvo en Buenos Aires, en los primeros días del mes, que el único efecto visible del acuerdo es instalar un "clima de beligerancia".
Por extensión geográfica, poder e influencia económica y peso político, mucho de lo que suceda estará en manos del "hermano mayor", Brasil, de cuyo gobierno bien se conoce su postura de definir al tema del acuerdo con Estados Unidos como asunto soberano de Colombia, tras lo cual y de inmediato reclama, en voz no tan cauta, "garantías" hacia el resto de la región. Pero lo que no se conoce tanto es si el interés en obtener tales seguridades está enfocado en Uribe o, antes bien, en la Casa Blanca.
Es que voceros del gobierno de Luiz Lula da Silva plantean que la intranquilidad del presidente no se refiere tanto a su actual colega estadounidense, Barack Obama. Según parece, Lula confía en que Obama no es un hombre cuya estrategia pueda incluir, en algún momento, una acción militar de consecuencias trágicas en América del Sur, como por caso una incursión en Ecuador, Venezuela o en Brasil mismo, en aras de la lucha al narcotráfico o bajo cualquier otro argumento.
Inquieta mucho más a Lula el futuro, un presidente norteamericano (por ejemplo un ¿Bush III¿, dicen allegados) cuya concepción del mundo y estrategias para América del Sur sean muy diferentes a las de Obama.
Uribe y su cuerpo diplomático se prepararon para un combate. Ya en la reunión de Quito el 10 de agosto, a la que el presidente eludió asistir, la vicecanciller Clemencia Forero logró aceptación inmediata del presidente ecuatoriano, Rafael Correa, para que a la agenda de esta cumbre extraordinaria entren otros temas: ¿narcotráfico y terrorismo¿, para plantear las posturas ya conocidas de Colombia, y ¿armamentismo¿.
Después del ataque militar en Ecuador el primero de marzo de 2008 Uribe fue acorralado por varios de sus colegas en la cumbre del Grupo de Río en República Dominicana. Estuvo ciertamente acorralado pero luchó con fiereza, evitó comprometerse claramente a que su país no realizará ataques similares en el futuro en aras de la "seguridad" nacional, y consiguió un estrechón de manos de Correa, a regañadientes, y un abrazo de Chávez.
Ahora está en Bariloche conciente de que esta partida familiar es mucho más difícil pero movió él las primeras fichas, al ampliar el temario de la reunión y exigir la televisación en directo de todo el debate. Lo hizo con tanta energía que en Buenos Aires, el miércoles por la noche, fuentes diplomáticas llegaron a decir que había supeditado su presencia en la cumbre a esa condición.
¿Qué tiene para mostrar Uribe? Esa fue la pregunta que circuló por la organización de la cumbre, donde se instaló la certeza de que el presidente colombiano tiene probablemente preparado más de un contraataque del tipo que más desarrolla Colombia cada vez que recibe una andanada de cuestionamientos, como ocurrió en 2008: acusaciones por doquier de complicidad con las FARC, que pueden tomar como blancos preferidos a Correa y Chávez. Blancos preferidos, sí, pero no los únicos, esa es la presunción o la especulación política que habilitó la exigencia de una sesión que pueda ser vista sin ninguna interrupción, corte ni edición.
Y movió otras fichas: fuentes brasileñas expresaron una molestia ostensible con Bogotá porque en las conversaciones previas a la reunión de Bariloche el gobierno colombiano dijo que si el tema de la presencia militar estadounidense es motivo de debate regional, también debe serlo el acuerdo que Brasil se apresta a firmar con Francia para dotarse de submarinos y desarrollar plantas locales de fabricación de armas, lo que ocurrirá dentro de poco más de una semana, cuando Nicolas Sarkozy llegue a Brasilia.
El Instituto Internacional para la Paz Internacional, con sede en Estocolmo, dice basándose en datos de 2007 que Colombia es el país con presupuesto militar más alto en relación con el producto interno bruto, 4 por ciento, seguido por Chile con 3,4 por ciento. La misma institución afirma que desde que Lula está en el gobierno, en 2003, el presupuesto militar del país creció 50 por ciento.
En otras palabras, si se habla de "armamentismo" en esta cumbre, no sólo Chávez puede ser objeto de interpelación. Ni hablar, por ejemplo, de cuál es la percepción peruana sobre el contínuo reequipamiento de Chile. Si la discusión llega a esos capítulos, Uribe puede llegar a constituirse en un espectador relativamente cómodo de esta "discusión entre hermanos".
Cristina Fernández planea que, después de la fotografía, la familia acepte su invitación a almorzar. Habrá que ver cuántos comensales llegan a la mesa, y con qué cara.
Terra Magazine
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