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Nole y Nadal o cómo disfrutar sufriendo

Redacción BBC Mundo

El tenis, como el boxeo, es un deporte que conviene a los lobos solitarios, gente capaz de batirse sin ayuda exterior, que entra al campo de juego como si fuera el de batalla.

Las imágenes de la batalla y el gladiador, tan manoseadas, le caen de medida a la final masculina del Abierto de Australia, porque Novak (Nole) Djokovic y Rafael Nadal nos ofrecieron 5hs 53m (la más extensa de la historia de los Grand Slam) de una lucha feroz, cambiante, sin cuartel, que dejó en el espectador una sensación de pasmo, de una admiración terminal y definitiva, como diciéndose "esto no lo veré nunca más".

El serbio llegó al partido con 24 horas menos de descanso que el español, tras una agotadora semi de 4hs 50m ante el escocés Andy Murray.

También arrastraba, al parecer, algunas secuelas de una lesión que afectó su rendimiento en los últimos meses del año pasado, lo cual no le impidió completar una temporada que, según Tenis Magazine, ocupa el tercer lugar en la era moderna, después de las de Roger Federer en 2006 y Rod Laver en 1969.

La supuesta ventaja del español por disponer de 48 horas de descanso quedaba cancelada por el arrastre de sus problemas físicos.

Según nos recuerda J.J. Mateo, el comentarista de El País, "al valorar su actuación, Nadal piensa en que hace menos de un mes ni se entrenaba porque le dolía un hombro, en que llegó a Australia sin tiempo para trabajar en el delicado cambio de pesos de la cabeza de su raqueta y en que 15 horas antes de debutar en Melbourne lloraba en su habitación creyendo que una lesión de rodilla le obligaría al abandono".

Con Novak Djokovic a la cabeza, la plana mayor del tenis masculino ofrece en estos momentos una promesa de espectáculo excepcional, en contraste con el cuadro femenino, que todavía necesita figuras de recambio, capaces de llenar el vacío dejado por las hermanas Williams y otras grandes luchadoras, en particular Steffi Graff y Martina Navratilova.

Final femenina

La final femenina fue ganada por la debutante Victoria Azarenka, una bielorusa de 22 años, que arrolló 6-3 6-0 a la rusa Maria Sharapova en 1h 22m, un sorbete de limón en comparación con el lomo de jabalí que fue la final masculina.

Azarenka ganó cómo y cuándo quiso.

Sharapova se impuso en los dos primeros juegos, debido al nerviosismo de su rival, que jugaba en su primera final de Grand Slam, pero la bielorusa se repuso y ganó 12 de los siguientes 13 juegos.

Ni siquiera el hecho de presenciar la consagración de una nueva número 1, tras un reinado relativamente prolongado de la danesa Caroline Wozniacki, que sólo ganó torneos menores, compensa por el rápido desenlace de la final, que duró apenas dos minutos más que el primer set de la final masculina.

Esto deja en evidencia una necesidad que debe ser atendida: en torneos de Grand Slam, donde hay tanto en juego y la recompensa es tan grande, las mujeres deberían jugar hasta 5 sets, como los varones.

El sábado nos quedamos con la duda de qué hubiera ocurrido en un tercer set: ¿podría Sharapova haberse recuperado y seguir en el partido, o la superioridad de Azarenka era tan aplastante que no admitiría réplica?

El 6-0 del segundo set parece de lo más concluyente, pero todos están de acuerdo en que Sharapova es una luchadora y podría reencontrar su ritmo y su juego.

Merecía la oportunidad.

¿Es o no lo mismo?

Algunos comentaristas señalan que es un error pretender una equiparación entre el juego de resistencia y ferocidad de los varones, impulsado por la testosterona, y el juego más sutil y a ráfagas de las mujeres.

Son dos cosas diferentes, se dice: no es que una sea mejor o peor que la otra, sino que son diferentes. Esta interpretación tiene cada día más adeptos.

A fin de cuentas, no se puede pretender que Sharapova juegue como Nadal. (A esto se podría objetar que Serena Williams, por ejemplo, era o es una fuerza de la naturaleza tan impresionante como Nadal.)

Pero aunque se acepte que el tenis masculino y el femenino son dos expresiones diferentes del mismo deporte, de lo que estamos hablando es de oportunidades: tanto Azarenka como Sharapova hubieran agradecido, suponemos, la oportunidad de jugar al mejor de cinco sets en este torneo, por lo menos en la final. Y el público también.

Dignidad de Nadal

Nadal apuró con dignidad el mal trago de perder ante Djokovic por séptima vez consecutiva.

Dejemos de lado una de sus declaraciones, que es de efecto: "Yo no busco ganar a Djokovic, sino superarme a mí mismo".

Quedémonos en cambio con la segunda parte: "Ha sido la final que he perdido que quizás me duele menos porque he hecho todo lo que he podido. He luchado todo. He corrido todo lo que he podido correr. He competido con un jugador que, hoy por hoy, es brillante. Le he llevado al límite, cosa que no había hecho en 2011, y a mí mismo también me he llevado al límite, lo que no había hecho en 2011 (...) Después de un tiempo en el que había sufrido sin disfrutar, he sufrido disfrutando. Ese es el camino".

Carlos Moyà, un ex número 1, ahora retirado, escribió en El País que su compatriota Nadal parece haber "encontrado la manera de jugar contra Nole después de muchas vueltas. Y es mediante un juego agresivo, incisivo, con una derecha sólida y sobre todo con un saque que es un elemento clave en duelos tan igualados".

Orejas del lobo

Y agregó: "creo que Djokovic le ha visto por primera vez las orejas al lobo en sus últimos enfrentamientos contra Nadal. Hasta ahora le había dominado con relativa facilidad".

Otros comentaristas respetan demasiado a Nadal para negarle posibilidades, pero están de acuerdo en que este Djokovic es inalcanzable.

Sobre los otros dos ases de este gran póker que nos ofrece hoy el tenis masculino, Roger Federer parece resignado a una posición secundaria, mientras que Andy Murray masca el freno, tratando de superar, con la ayuda de Ivan Lendl, sus limitaciones de carácter, que son más evidentes y numerosas que las de juego.

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